Cicerón – Sobre la Adivinación – Libro 2 87 – 99 – Sobre la Astrología

Cicerón – Sobre la Adivinación – Libro 2 – 87 – 99  Sobre la Astrología

Vayamos con los hechos extraordinarios de los caldeos252. Aquel oyente de  Platón llamado Eudoxo — probablemente la mayor autoridad en astrologia, a juicio de las personas más doctas— opina acerca de ellos lo siguiente, según dejó escrito: que no ha de darse el menor crédito a los caldeos, cuando se dedican a hacer predicciones, y tampoco cuando dan cuenta — según el natalicio— de cómo va a ser la vida de cada uno

Panecio, que fue el único entre los estoicos que rechazó las predicciones de los astrólogos, incluso recuerda que Anquialo y Casandro — los mayores astrólogos de aquella época, a la que él pertenecía254—, aunque eran excelentes en los demás dominios de la astrologia, no usaron de esta forma de predicción. Escílax de Halicarnaso, amigo íntimo de Panecio, experto en astrologia y que destacó, además, en el gobierno de su ciudad, repudió totalmente esa forma de predecir propia de los caldeos. Pero, para servimos de la razón y dejar al margen los testimonios… Quienes pretenden salvaguardar esas predicciones natalicias de los caldeos sostienen lo siguiente: afirman que existe una especie de fuerza en el círculo astral ·— al que en griego se llama zódiakós— , tal que cada una de las partes diferenciadas de ese círculo predispone y conforma el cielo de un modo255, según la manera en que cada grupo de

estrellas — en estas zonas, así como en las aledañas— se encuentra en cada momento. Afirman que esta fuerza se predispone a su vez de diversas maneras, por obra de aquellos astros a los que se llama ‘errantes’. Cuando éstos, por su parte, han llegado a la zona precisa del orbe en la que se sitúa el origen del que nace256 — o bien a aquella que tiene algo común o afín con ésta— ellos hablan de ‘triángulos’ y de ‘cuadrados’ 257. Efectivamente, como en el curso del año

y de las estaciones ocurren — a consecuencia del acercamiento y del retroceso de las estrellas— tan grandes revoluciones y cambios en el cielo258, y como aquello que vemos se produce a causa de la fuerza del sol, estiman no sólo verosímil, sino incluso verdadero, que los niños adquieren su espíritu y su conformación — según van apareciendo— de acuerdo con la composición del aire, y que a partir de ésta se generan los caracteres, las costumbres, el espíritu, el cuerpo, la manera de vivir, los sucesos y los avatares de cada uno259. 43 90 ¡Oh increíble desvarío! (porque no ha de llamarse estupidez a cualquier tipo de error…)260. Incluso el estoico Diogenes les concede algo a éstos261: el hecho de que, al menos, son capaces de predecir cómo será la naturaleza de cada uno y aquello para lo que tendrá unas mayores aptitudes; niega que las otras cosas a las que se dedican puedan llegar a conocerse en modo alguno. Dice, efectivamente, que el aspecto de las personas gemelas es similar, pero su vida y su

suerte son dispares las más de las veces262. Proeles y Eurístenes, reyes de los lacedemoníos, fueron hermanos gemelos, mas ellos no vivieron el mismo número de años, porque la vida de Proeles fue un año más breve, y éste aventajó en mucho a su hermano, por la gloria de sus hazañas263. Mas yo digo que eso, precisamente, que Diógenes — exi- 91 mió varón— les concede a los caldeos, como por una especie de connivencia, no puede entenderse. Efectivamente, aunque — como ellos mismos dicen— sea la luna quien regula el origen de los que van naciendo264 y aunque los caldeos constaten y anoten la presencia de tales astros natalicios — cuantos parecen estar en conjunción con la luna— , están juzgando a través del sentido de la vista, sumamente engañoso, aquello que deberían ver a través de la razón y del espíritu. Y es que el razonamiento de los matemáticos265 — que convendría que ellos conociesen— enseña a qué poca altura se desplaza la luna, la cual casi roza la tierra; cuán separada se encuentra de la estrella más próxima, la de Mercurio; mucho más, por otra parte, de la de Venus; después, que dista en un intervalo distinto del sol, con cuya luz, según se piensa, se ilumina; pero los tres intervalos restantes son de una infinita inmensidad: del sol a la estrella de Marte, de allí a la de Júpiter, desde éste hasta la estrella de Sa-tumo; y de allí al cielo, propiamente, que es lo más extremo y remoto del mundo266. Por tanto, ¿qué contacto puede llegar a establecerse, desde una distancia casi infinita, con la luna o, menos aún, con la tierra?267. Y bien, cuando dicen — como necesariamente tienen que decir— que el origen de cuantas personas se crían sobre toda la tierra habitada es el mismo268, y que necesariamente les ocurrirán las mismas cosas a cuantos nacieron bajo una misma disposición del cielo y de las estrellas, ¿acaso no da su proceder la impresión de que esos intérpretes del cielo ni siquiera conocen cuál es la naturaleza de éste? Porque, ya que aquellas órbitas que dividen el cielo como por su mitad y que delimitan nuestra visión — las que los griegos denominan horizontes y nosotros podemos denominar, con toda exactitud, ‘límites’269— ofrecen una máxima variedad y son · distintas en cada lugar, es necesario que las salidas y las puestas de los astros no se produzcan simultáneamente para todos270

Pues, sí la composición del cielo se halla condicionada 93 por estos astros, resultando unas veces de este modo y otras de aquél, ¿cómo pueden ser de la misma condición los que nacen, cuando es tan grande la desemejanza del cielo? La Canícula sale, en estos lugares que nosotros habitamos, después del solsticio271, incluso algunos días después; mas entre los trogoditas — según se escribe272— sale antes del solsticio, de manera que, aunque concediéramos que la disposición del cielo afecta en algo a aquello que se cría sobre la tierra, ellos habrían de reconocer que, quienes han nacido a un mismo tiempo, pueden encamarse bajo naturalezas disímiles, a causa de la desemejanza del cielo; cosa que no les parece bien, porque, según ellos pretenden, todos los que se originan en un mismo momento nacen de la misma condición, sea cual sea el lugar en el que nacen. Pero ¡qué gran sinsentido representa el hecho de que, 9445 frente a lo que ocurre en el caso de los grandes movimientos y cambios del cielo, no interese en absoluto qué viento, qué lluvia o qué clima se produce en cada parte! A menudo es tan grande la falta de semejanza existente entre estos elementos — aun tratándose de lugares muy próximos entre sí— que, a menudo, se tiene un clima en Túsculo y otro en Roma273. Es algo que los navegantes pueden constatar perfectamente, ya que es al volver un cabo cuando sienten, a menudo, las mayores variaciones de los vientos. Por tanto, cuando tan pronto se da esa serenidad como esa inestabilidad en el cielo, ¿acaso es propio de hombres cuerdos el decir que eso no influye sobre el origen de los que nacen (lo que a buen seguro no afecta274), y decir que sí que influye sobre el origen de los niños aquel no sé qué vago — algo que de ningún modo puede percibirse y, por otra parte, apenas entenderse— , es decir, la disposición celeste que configuran la luna y los demás astros? Y bien, ¿acaso es un error insignificante el hecho de no entender que se elimina así por completo la fuerza de la semilla, la cual tiene una influencia muy grande tanto en la procreación como en la cría? Porque ¿quién no ve que los hijos toman de sus padres el aspecto, el carácter, y la mayoría de sus gestos y movimientos275? Esto no acontecería si tales cosas no fuesen el producto de la condición natural propia de quienes crían, sino de la disposición de la luna y de la delimitación del cielo. 95 Y bien, el hecho de que los nacidos en un mismo instante de tiempo tengan naturalezas, vidas y vicisitudes dispares ¿acaso manifiesta sólo un poco que el momento en que se ha nacido no tiene absolutamente nada que ver con cómo se desarrollará la vida? A no ser, acaso, que pensemos que nadie fue concebido o nació en el mismo momento, precisamente, que el Africano…276. Pues bien, ¿ha habido alguien como él? ¿Acaso puede dudarse que muchos, habiendo nacido 96 46 con una deformidad natural, regresan a su integridad y forma normal por obra de la naturaleza, ya sea por haberse reconducido ella misma, o bien gracias al arte de la medicina? Es como cuando las lenguas de algunas personas — adheridas de manera que no permiten hablar— quedan sueltas, al practicárseles un corte mediante un escalpelo277. Hay muchos que incluso llegaron a dominar un defecto de su naturaleza mediante la aplicación y el ejercicio. Así, escribe el de Falero que Demóstenes, quien no podía pronunciar la ‘rho’, consiguió, gracias a sus ejercicios, pronunciarla con suma claridad278. Pero, si hubieran sido cosas originadas e inducidas bajo la acción de un astro, ninguna circunstancia habría podido cambiarlas. Y bien, ¿acaso la falta de semejanza existente entre unos lugares y otros no conlleva la procreación de personas que no se asemejan? Sería fácil, desde luego, enumerar en un discurso qué diferencias existen entre los indios y los persas, o entre los etíopes y los sirios, tanto en lo que se refiere al cuerpo como al espíritu, de modo que la variedad y falta de semejanza que hay entre ellos resultan increíbles. De donde se desprende que, en lo que al nacimiento se 97 refiere, tiene mayor relevancia la ubicación de las tierras

que el influjo de la luna. Mienten cuando afirman que los babilonios invirtieron cuatrocientos setenta mil años en someter a pruebas y examinar a cuantos niños nacían279, porque, si se hubiera hecho siempre así, no habría dejado de hacerse; por otra parte, ningún autor tenemos que diga que esto se sigue haciendo, o que sepa que se hizo. ¿Ves cómo yo no digo lo de Caméades, sino lo que ha dicho Panecio, el jefe de los estoicos? Yo, por mi parte, incluso me pregunto lo siguiente: ¿acaso estaban bajo la influencia de un mismo astro cuantos cayeron durante la lucha de Canas? Desde luego, uno y el mismo fue el desenlace de todos. Y bien, quienes son únicos en virtud de su talento y de la grandeza de su espíritu, ¿acaso estuvieron también bajo la influencia de un mismo astro?280. Y es que ¿en qué momento dejan de nacer innumerables personas? Mas nadie, a buen seguro, similar a Homero. Si tiene alguna importancia cómo se origina cada ser vivo, habida cuenta de cuál es la disposición del cielo y la colocación de los astros, necesariamente influirá tal cosa tanto en el caso de los seres humanos, como también en el de las bestias… ¿Puede decirse algo más absurdo que esto? Desde luego, Lucio Tarado el de Firmo — nuestro amigo íntimo, erudito como el que más en materia de razonamientos caldeos— incluso establecía cuál es el cumpleaños de nuestra ciudad, remontándose a aquellas fiestas en honor de Pales durante las que, según tenemos entendido, la fundó Rómulo281; decía que Roma nació cuando estaba la luna en el yugo282, y no dudaba en cantar sus destinos. ¡Oh, qué gran poder el del error! ¿Hasta el cumpleaños 99 de una ciudad tenía que ver con el poder de las estrellas y con el de la luna? Aplícaselo a un niño… ¿Bajo qué disposición celeste aspiró su primera bocanada de aire2S3? ¿Acaso pudo tal cosa tener relevancia en el caso del ladrillo o de los bloques con que se construyó la ciudad? Pero ¿para qué más ejemplos? Cada día se ven refutados… ¡Cuantísimas cosas recuerdo yo que les dijeron los caldeos a Pompeyo, a Craso, cuantísimas al propio César!, ¡que ninguno de ellos iba a morir sino a su vejez, en casa, entre gran fama…! 284. De manera que me parece muy digno de admiración que, todavía hoy, crea alguien en aquellas personas cuyas predicciones ve que está refutando, cada día, la realidad de los sucesos.

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